Conferencia

I. Introducción

Bienvenido a este estudio del Nuevo Testamento

A. ¿Por qué leemos el Nuevo Testamento?

Existen muchas razones por las que las personas en la actualidad están interesadas en esta colección de libros que tiene casi 2000 años. Algunos reconocen su arte literario y valoran cómo las Escrituras influyeron en gran parte de las grandes obras de la literatura mundial durante los últimos dos milenios. Otros tienen una razón más académica o histórica, ya que reconocen la importancia de la persona de Jesús en el curso de la historia humana, particularmente en Europa y Estados Unidos, debido a que el cristianismo pasó de ser una pequeña secta a transformarse en una religión mundial. El interés de otros individuos por estudiar el Nuevo Testamento tiene una naturaleza más personal y hasta profesional, ya que tratan de ser mejores estudiantes de los documentos que consideran la Palabra de Dios y de servirle, quizás con un desempeño cristiano de tiempo completo.

B. Objetivo de la serie

El objetivo de esta serie es presentar un estudio del Nuevo Testamento dirigido particularmente a quienes están algo familiarizados y conocen los contenidos de esta parte de la Palabra, pero quizás nunca estudiaron todos los libros en forma completa y sistemática. También nos ajustamos a una perspectiva evangélica muy bien fundamentada. Somos creyentes que tomamos la Palabra de Dios con seriedad; y esos compromisos con nuestra postura doctrinal influirán en los comentarios que realicemos en diferentes puntos de nuestro recorrido. Sin embargo, trataremos de ser muy conscientes y respetuosos de diferentes opiniones eruditas sobre temas cruciales.

II. Organización del Nuevo Testamento

Pero antes de comenzar es importante preguntarnos: «¿Qué es el Nuevo Testamento?». Quizás hasta hoy pensemos que es un libro cuando en realidad comenzó siendo una colección de veintisiete libros diferentes, o más específicamente, rollos; papiros y pergaminos en los que originalmente se redactaron estos documentos. El Nuevo Testamento comienza, en la secuencia canónica que presenta en la actualidad, con cuatro libros identificados como Evangelios; los evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

A. Los Evangelios

La palabra evangelio proviene de la palabra griega que significa «buenas noticias». Estos cuatro libros fueron llamados «buenas noticias» por los primeros cristianos que los recopilaron porque ellos creían que Jesús, el personaje principal de estas historias, le dio a la humanidad las noticias más grandiosas que el mundo jamás haya escuchado. En cuanto a su género o forma literaria, los Evangelios se asemejan a las obras históricas y biográficas, aunque no se corresponden a la perfección con ningún otro documento conocido del mundo antiguo. Están escritos con un estilo y una forma que nos hace pensar que sus autores trataban de comunicar la verdad sobre los eventos y las personas que narraban y describían. Los cuatro evangelios están puestos en el orden en que los tenemos, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, probablemente sea ese el orden en que la iglesia primitiva enseñó que fueron escritos, con una excepción. Es probable que el evangelio de Mateo no fuera el primero, sino que parece haber sido Marcos. Pero Mateo ocupa el primer lugar porque consiste en el mejor eslabón con el Antiguo Testamento; el cuerpo literario que los cristianos, al igual que los judíos, desde el momento en que surgieron, ya consideraban sagrado, irrefutable e inspirado por Dios. Entonces Mateo, el más judío de los cuatro evangelios, está primero; luego Marcos, Lucas y Juan, probablemente en ese orden porque esa fue la secuencia en que fueron escritos.

B. Hechos de los Apóstoles

El quinto libro del Nuevo Testamento tradicionalmente recibió el nombre de Hechos de los Apóstoles. Refleja eventos seleccionados de la primera generación de cristianos después de la muerte y resurrección de Cristo Jesús. Sin embargo, nos cuenta muy poco sobre la mayoría de los doce apóstoles, y en cambio centra su atención en dos personajes principales; Pedro, que era uno de los doce, y Pablo, que no pertenecía al grupo pero quien llegó a tener una visión de Cristo resucitado y que se se ponía en el mismo lugar que los apóstoles.

C. Epístolas Paulinas

Después del libro de Hechos tenemos trece epístolas o cartas, todas atribuidas al apóstol Pablo: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón. No siguen un orden teológico o religioso en particular. Parece que estas cartas fueron agrupadas comenzando desde la más larga hasta la más corta. Primero tenemos las cartas escritas a congregaciones cristianas, luego tenemos las que se escribieron a personas cristianas; Timoteo, Tito y Filemón. Y cuando aparecen dos cartas escritas a la misma iglesia o al mismo individuo están agrupadas, interrumpiendo un poco la secuencia decreciente de la longitud.

D. Epístolas Generales

Después de las cartas atribuidas a Pablo tenemos otras ocho epístolas. La primera es la carta a los Hebreos, que en el texto que se ha preservado no atribuye su autoría a ninguna persona específica. La iglesia primitiva estaba dividida entre los que principalmente pertenecían al occidente latino o la joven Iglesia Católica Romana, quienes pensaban que la había escrito el apóstol Pablo. Los de oriente, o del ala más Ortodoxo Griega de la iglesia, pensaban que el autor era otra persona, pero todos los autores sugeridos eran seguidores cercanos o compañeros de Pablo. Debido a esta incertidumbre, la carta a los Hebreos se ubicó inmediatamente después de la colección de cartas atribuidas a Pablo. No siguió el orden ni la secuencia que de otra manera hubiera sugerido su longitud.

Las siete epístolas restantes a menudo reciben el nombre de Epístolas Católicas o Generales. En este contexto, católicas simplemente significa universales o sea, que fueron escritas a un área o región amplia o diversa; también se interpretaba que estaban dirigidas a un grupo de iglesias cristianas y no a una sola iglesia o individuo. Entre estas cartas encontramos: Santiago, 1 y 2 Pedro, 1, 2 y 3 Juan y Judas. ¿Por qué en este orden: Santiago, Pedro, Juan y Judas? Sobre este particular estamos menos seguros, pero la respuesta parece relacionarse con el orden de prominencia de los cuatro autores de estas Epístolas Generales en los primeros años del cristianismo.

Santiago, según nos cuenta la primera mitad del libro de Hechos, el medio hermano del Señor, era el anciano principal o líder de la iglesia de Jerusalén en los primeros días. Pedro, que se volvió mucho más importante poco tiempo después, finalmente se convirtió en el primer obispo de la iglesia de Roma. Juan frecuentemente aparece en los Evangelios y los Hechos como el «compañero» de Pedro, aunque un poco menos importante que éste. Y Judas, otro medio hermano de nuestro Señor, es claramente el menos conocido de los cuatro. Entonces puede ser que simplemente estuvieran organizados en este orden decreciente de importancia, por lo que tenemos la siguiente secuencia: Santiago, Pedro, Juan y Judas.

E. Apocalipsis

El libro final, el vigésimo séptimo del Nuevo Testamento, es el Apocalipsis. A veces popularmente se lo llama el libro de las Revelaciones; aunque ningún texto griego ni ninguna traducción moderna use el plural. Es probable que se deba a lo siguiente; aunque Juan recibió muchas visiones de Jesús, que están descriptas en este libro, se considera que todas comprenden una unidad; una revelación unificada de Jesucristo. La palabra griega traducida como «revelación», no obstante, es la misma de la que deriva el término «apocalipsis» y abarca mucho más que los contenidos revelados. Se refiere a un género literario bien conocido en el antiguo mundo judío y greco romano, a menudo una descripción sumamente simbólica de eventos pasados, presentes o futuros. Estos conceptos son aunados desde la perspectiva de aquellos que creen que Dios llevaría la historia humana a un punto culminante y que Él, de ser necesario, intervendría contundentemente de manera cósmica o sobrenatural para concluir o dar fin a la historia humana de la manera en que la conocemos; para reivindicar a su pueblo, sus seguidores fieles, y juzgar a sus enemigos.

III. Preguntas para formularle al texto

Tendremos mucho más para decir de cada uno de estos géneros literarios y cada una de estas partes del Nuevo Testamento a medida que analicemos cada libro, de a uno por vez. Pero en este punto tenemos que hacer otra serie de comentarios preliminares; es decir, ensayar brevemente los tipos de preguntas que le haremos a los textos a medida que los estudiamos. En primer lugar, estamos pensando en términos de cuatro tipos de preguntas de todas las que se le podrían formular a los documentos como los que encontramos en el Nuevo Testamento.

A. Contexto histórico

Las primeras son tipos de preguntas de introducción o sobre los antecedentes históricos. En el transcurso, formularemos preguntas más específicas y trataremos de responder quién escribió cada libro, bajo qué circunstancias, en qué momento, en qué fecha, y a qué audiencia específica que enfrentaba determinados problemas en particular. Estas preguntas serán cruciales ya que intentaremos trasladarnos desde ese momento, hace 2000 años en una cultura distante y muy diferente de muchas culturas modernas, para aplicar el texto a nuestras vidas cristianas actuales. Al comienzo dedicaremos un par de lecciones a describir el escenario del contexto histórico de todo el período del Nuevo Testamento. Sin este tipo de contexto, es muy fácil sacar los textos de su contexto original y atribuirles un significado que los autores originales nunca habrían tenido en mente, o que los lectores originales nunca podrían haber comprendido.

B. Interpretación

El segundo tipo de pregunta se relaciona con la interpretación o exégesis; para extraer del texto las ideas principales de la secuencia y de la estructura, tratando de comprender un poco el esquema o el hilo narrativo que siguen los pensamientos del autor en cada libro. Luego, al hacer observaciones sobre un cometido más difícil, la exégesis se concentra principalmente en algunos de los problemas más complicados para los intérpretes que han planteado los comentaristas durante toda la historia de la iglesia.

C. Teología

El tercer tipo de pregunta tiene que ver con la teología y es un tipo de pregunta más sintética. Luego de haber estudiado la secuencia de un libro, de haber remarcado los contenidos principales, de quizás habernos detenido brevemente para hablar sobre problemas de interpretación; ¿cuáles son las lecciones centrales que el autor original quiso comunicar? Algunas preguntas adicionales que formularemos: ¿Cuáles fueron los cometidos originales, qué tipos de órdenes se debían obedecer, que clases de ejemplos se debían seguir y cuáles se tenían que evitar? En resumen, ¿qué enseña este libro sobre las principales doctrinas de la fe cristiana? Éstas son preguntas teológicas.

D. Aplicación en la actualidad

En cuarto y último lugar, trataremos de responder preguntas sobre la aplicación actual. En cierta forma, es lo más difícil si se trata de un estudio breve porque cada cultura, cada audiencia, cada intérprete individual se encontrará en circunstancias únicas y en consecuencia la aplicación va a variar. Podría haber tantas aplicaciones como oyentes o espectadores de la serie, pero aunque éstas difieran, el significado del texto sigue siendo el mismo.

IV. Período intertestamentario

Con esos comentarios preliminares, estamos listos para comenzar con varias secciones del contexto histórico, en primer lugar, de todo el Nuevo Testamento. Aquí vamos a dividir los comentarios en dos categorías principales: primero, los acontecimientos sociales o políticos más amplios, los tipos de cosas que se esperaría leer en cada libro histórico del mundo antiguo de cualquier cultura; y en segundo lugar queremos detenernos en los componentes más específicamente religiosos que constituyen un antecedente importante en el estudio del Nuevo Testamento. En el tiempo restante vamos a limitarnos a eventos más socio políticos de la historia de esos siglos; los sucesos que precedieron inmediatamente a la redacción del Nuevo Testamento, y los que el Nuevo Testamento narra.

El Nuevo Testamento no surgió en el vacío, ni el cristianismo nació a partir de su fundador, Jesús, sin que hubiera muchos hechos importantes que prepararan el terreno para su formación. Todos los primeros cristianos y todos los escritores del Nuevo Testamento creían que ya tenían las Sagradas Escrituras, que en esos días simplemente se llamaban «las Escrituras» e inclusive «los escritos», pero que los Cristianos, al final, llegaron a denominar Antiguo Testamento o Escrituras Hebreas para diferenciarlas de estos veintisiete libros nuevos, los escritos más recientes conocidos como el Nuevo Testamento. Entonces, tenemos que ver que el Nuevo Testamento deliberadamente afirma que es la culminación de la historia descripta en el Antiguo Testamento, y el cumplimiento de muchas de las promesas que se encuentran en esos treinta y nueve libros anteriores.

Pero el Antiguo Testamento se completó en algún momento del siglo V a.C. El libro que cronológicamente se escribió en último lugar probablemente también sea el que aparece al final de la secuencia en español del canon del Antiguo Testamento, es decir los escritos del profeta Malaquías. Los estudiosos conservadores ubican la profecía de Malaquías aproximadamente 425 a.C. Esto deja más de cuatro siglos completos de historia para continuar. Normalmente se lo considera período intertestamentario, y precede a la época de Jesús y los eventos que causaron y dieron origen al Nuevo Testamento.

A. Imperio Persa

Luego de que muriera Malaquías, no hubo cambios particulares en la historia judía que llevara a los historiadores seculares a delimitar una nueva era en la historia mundial. Los que están familiarizados con los últimos libros del Antiguo Testamento recordarán que los judíos habían padecido el exilio bajo varios opresores extranjeros, pero el gobierno persa permitió, especialmente el gobernante, que los que así lo quisieran volvieran a la tierra de Israel. Luego, bajo los gobernantes sucesivos, comenzaron la reconstrucción del templo y toda la ciudad, la capital; la ciudad santa de Jerusalén. Esto estaba en proceso durante el período de los últimos profetas y aproximadamente por otro siglo las cosas continuaron relativamente sin cambios bajo el régimen de varios emperadores persas.

B. Grecia

Pero un nuevo periodo decisivo comienza en la historia de Medio Oriente cuando surge Alejando Magno, un general macedonio o griego que en un período de tiempo muy corto, quizás unos trece años, conquistó casi todo lo que Persia previamente había tenido bajo su control; una amplia franja de la tierra de Medio Oriente, y con el tiempo acumuló el mayor imperio en el Cercano Oriente conocido en tiempos antiguos.

Alejandro murió en el año 323 a.C., no sin antes anexar Israel a su territorio subyugado. Pero sus generales, entre quienes se dividió el imperio, continuaron el proceso que podríamos llamar el comienzo del período helenístico o helenización, que deriva de la palabra griega Hellas, que simplemente era el nombre en griego del país de Grecia. La helenización fue el proceso que diseminó la influencia del idioma griego, la cultura griega y la religión griega en todo el Oriente Medio antiguo, dejando cambios permanentes a su paso.

C. Imperio Seléucida y Ptolemaico

Luego de que Alejandro muriera y sus generales compitieran por el imperio, las cosas se apaciguaron, de modo que gran parte de la mitad del norte de sus territorios quedó bajo el mando de los seléucidas, nombre que deriva de uno de los generales de Alejandro, Seleuco I. El extremo sur del imperio quedó bajo el régimen de los ptolomeos . Y desafortunadamente, al observar un mapa se puede ver que Israel queda atrapado justo en el área central que se disputaban estos dos imperios. La primera mitad del periodo de influencia helénica, Israel quedó bajo el control ptolemaico. La segunda mitad, cada vez más cayó bajo el control seléucida. Éstos eran menos benignos que los señores ptolemaicos e iban incrementando los tributos sobre los pueblos subyugados. Trataron de influir en ellos para que abandonaran sus religiones ancestrales y los alentaron a adoptar la religión y las prácticas griegas, muchas de las cuales eran anatema para los judíos de entonces. Las cosas particularmente llegaron a su punto crítico en la década de 160 a.C., luego de casi un siglo y medio de control ptolemaico en primer lugar y seléucida posteriormente. Un emperador seléucida llamado Antíoco Epífanes, Antíoco IV, eligió el nombre Epífanes que significa «Dios manifiesto» y alegó todo tipo de cosas que eran indignantes desde la perspectiva judía. No solo aseguraba ser Dios, sino que trató de prohibir todas las prácticas fundamentales de la religión judía como leer los rollos de la Escritura, la Torá o practicar la circuncisión. El peor de todos los actos malignos de Antíoco tuvo lugar en 167 a.C., cuando profanó el templo sacrificando un cerdo en el altar del lugar santo. Esto produjo una insurrección, o guerrilla como la describiríamos en la actualidad.

D. Macabeos o Dinastía asmonea

Un sacerdote anciano cuyo nombre era Matatías y sus hijos, dirigidos por uno llamado Judas y apodado Macabeo, el «martillo», lideraron una sublevación. Hoy esto se consideraría un levantamiento terrorista, ya que él y una pequeña banda de guerreros judíos que luchaban por la libertad y cuyo número era muy inferior al de sus opresores, se dirigieron a la montaña, adoptaron tácticas guerrilleras desconocidas y pudieron derrocar las fuerzas sirias o seléucidas invasoras. Esto tuvo lugar en un período de tiempo de tres años y liberó el templo. En la actualidad se sigue celebrando esa liberación con la ceremonia o festival judío conocido como Janucá.

Así entonces se inaugura un nuevo período importante; el segundo de la historia intertestamentaria, que podría llamarse jasidismo, palabra que deriva de un término judío que significa «piadoso». También se lo conoce como dinastía asmonea, porque fue el período en que gobernaron Matatías, Judas y sus sucesores, quienes en su totalidad provenían de un ancestro llamado Asmón. En resumen, fue un período de aproximadamente un siglo de duración de independencia judía y una era dorada en la historia de este pueblo.

Sin embargo, esta época dejó consecuencias secundarias negativas. Debido a la guerra y los años de exilio, los judíos se volvieron cada vez más en contra de los gentiles o personas no judías que los rodeaban y con los que en algunas ocasiones convivían. En muchos casos se volvieron más y más intransigentes en su oposición a las religiones falsas y las influencias culturales. Mucho del odio y la hostilidad entre judíos y gentiles que percibimos al leer el Nuevo Testamento, hostilidad que el Cristianismo asegura que puede derribar, es resultado de este período de aproximadamente cien años de independencia del pueblo elegido.

E. Influencia romana

Como todo lo bueno tiene que terminar y mientras que los judíos celebraban la libertad naciente de Israel, un nuevo poder emergía en Oriente; el Imperio Romano, que estaba conquistando cada vez más territorios griegos y que finalmente, hacia el año 63 a.C., golpeaba la puerta de Israel. En esencia, Israel invitó a Roma a venir a solucionar una pelea sucesoria interna. Pero el resultado fue el fin de la libertad y el comienzo del tercer y último período de historia intertestamentaria que abarcaría todo el primer siglo y la redacción de los documentos completos del Nuevo Testamento, a saber, el período de romanización o gobierno romano.

Ahora bien, al principio esto no fue malo para la iglesia naciente después de la época de Cristo y los primeros apóstoles. Gracias a la unificación romana, el idioma griego que se había esparcido en todos lados durante los siglos anteriores continuó siendo un lenguaje común, por lo que el Nuevo Testamento se escribió en griego y lo podía leer y entender prácticamente cualquiera. Los magníficos sistemas de transporte y comunicación, la famosa Pax romana o paz romana, y el hecho de que los cristianos, al igual que los judíos antes que ellos, pudieran tener un gobierno propio limitado fueron factores que impulsaron la diseminación de los primeros cristianos. Esto fue una realidad durante el tiempo de la vida de Cristo y por aproximadamente una generación más, pero con la llegada de Nerón en la década de 60 d.C., vemos la primera instancia de persecución romana de los cristianos. Particularmente, esta persecución estuvo ligada al hecho de que comenzaron a reconocer que los cristianos no eran simplemente otra secta judía, y entonces no disfrutaban automáticamente de las libertades que se les había otorgado a los hebreos.

Sin embargo, en el año 70 d.C., los judíos se volvieron el blanco de Roma, al igual que una rebelión del grupo zelote del pueblo hebreo de Jerusalén. Esto hizo que el general romano Tito invadiera la ciudad santa, quemara el templo, lo destruyera casi por completo y también pusiera fin al estado judío de Israel. El año 70 d.C., desde un punto de vista secular, probablemente sea la fecha más significativa de la historia del primer siglo. Hubo otro breve levantamiento judío a principios del segundo siglo, en la década de 130, que fue sofocado con más contundencia; pero el judaísmo nunca más se convertiría en una nación independiente hasta la década de 1940.

Estos breves comentarios entonces rastrean los eventos políticos que preparan el escenario para la venida de Jesús y los sucesos que contribuirían al desarrollo del Nuevo Testamento.

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