Conferencia

I. Introducción a los escenarios físico y político, y a la religión de los gentiles

En esta segunda parte de los escenarios del Nuevo Testamento analizaremos la topografía de Palestina, su clima y la vida cotidiana. Luego examinaremos el entorno político y la religión de los gentiles en el mundo del Nuevo Testamento.

II. La topografía de Palestina

La topografía de Palestina puede dividirse en cuatro zonas que van de norte a sur. Consisten en: (1) la llanura costera, que continúa con la costa fenicia; (2) Galilea y la comarca montañosa, que continua con las montañas del Líbano; (3) el valle del Rift de Jordania, que continúa con el valle de Bekaa (Beqa’a); y (4) el altiplano transjordano, que continúa con las montañas del Antilíbano.

A. La llanura costera

Se extiende de sur a norte desde Sinaí, pasando por la costa mediterránea, hasta el límite con el Líbano moderno. Cerca de Gaza, en la llanura filistea, mide treinta y dos kilómetros de ancho y se va estrechando progresivamente; cerca de Jope en el límite con la llanura de Sarón mide diecinueve kilómetros y menos de tres a lo largo de la llanura de Dor, al sur de Haifa. El monte Carmelo, una extensión del noroeste del altiplano central, interrumpe la llanura costera cuando se proyecta hacia el mar Mediterráneo en la ciudad moderna de Haifa. Al norte del monte Carmelo, la llanura de Aco, de ocho a once kilómetros de ancho, termina abruptamente en los blancos acantilados de Rosh Hanikra.

B. Galilea y la comarca montañosa

Las colinas de Galilea comprenden una de las cuatro regiones en las que se divide el altiplano central. La Galilea consta de cadenas y valles que se alternan de este a oeste. Luego tenemos la llanura de Jezreel, rodeada de montañas, pero con pasos a la costa, el mar de Galilea y la Transjordania. Al sur se extiende la cadena central de norte a sur. Baja hasta la depresión de Beerseba, que corre de este a oeste. Luego la tierra se eleva hacia el desierto montañoso del Neguev y Sinaí.

C. El valle del Rift de Jordania

La falla sirio africana es una fisura de norte a sur que va de Asia menor hasta África. Esta grieta en la superficie de la tierra comienza en la llanura entre las montañas del Líbano y del Antilíbano al norte y se extiende hacia el sur pasando por Palestina, el golfo de Eilat (Aqaba) y sigue hasta el lago Nyasa en África por una distancia de más de 4800 kilómetros. El valle del Rift en Palestina, en promedio, tiene dieciséis kilómetros de ancho y la altura varía desde unos 90 metros sobre el nivel del mar al norte hasta unos 390 metros bajo el nivel del mar en la superficie del mar Muerto, el punto más bajo de la tierra después de las profundidades oceánicas. El valle del Rift se puede dividir en cinco áreas: el valle de Jule, el mar de Galilea, el valle del Jordán, el mar Muerto y el Araba.

D. El altiplano transjordano

Las montañas de Transjordania, que se elevan bruscamente desde el lecho del este del valle del Rift, son divididas en regiones por los wadis que penetran en el valle desde el este. En el norte, el río Yarmuk surca el valle ligeramente desde el sur del mar de Galilea. Constituye un límite natural entre los estados actuales de Siria y Jordania, mientras que en los tiempos bíblicos separaba a Basan, al norte, de Galaad, al sur. Ningún límite natural separaba la región de Moab de la de Galaad, pero el límite norte generalmente estaba hacia el este desde el extremo norte del mar Muerto. El Wadi el-Hasa, o en la Biblia, el arroyo de Zered, era un límite natural entre Moab y Edom al sur. Las montañas de Edom en algunos lugares superan los 1500 metros de altura.

III. El clima

Palestina contiene las mismas latitudes que los Estados Unidos. El clima generalmente está controlado por los vientos predominantemente del oeste que provienen del mar Mediterráneo. Sin embargo, debido a la diversidad topográfica, las condiciones varían considerablemente de un lugar a otro.

En general se distinguen dos estaciones: el verano seco y cálido, y el invierno frío y lluvioso. Durante octubre se produce la primera lluvia temprana que humedece el suelo lo suficiente como para arar y sembrar. Las lluvias tardías de abril y principios de mayo se necesitan para ayudar a que los cultivos terminen de madurar. Con la llegada de la primavera, la vegetación comienza a marchitarse y muere, y para mediados del verano prevalece la sequía. El único alivio climático durante la sequía del verano se produce con el denso rocío que es común especialmente en la llanura costera y las elevaciones más altas. Las ráfagas secas y calurosas del Sirocco, un viento del sudeste proveniente de las áreas desérticas, se dejan sentir entre abril y principios de junio y desde septiembre hasta noviembre. En Jerusalén, las temperaturas promedio varían entre 5 y 12 grados centígrados en enero, y 18 y 29 grados en agosto.

La cantidad de lluvia en un lugar dado de Palestina depende de una conjunción de factores, básicamente la posición geográfica y la altitud. Las precipitaciones tienden a ser mayores en el norte y el oeste, y menores en el sur y el este, mientras que al mismo tiempo las elevaciones tienden a recibir más lluvias que los puntos más bajos. Así resulta que, en la comarca montañosa y el altiplano Transjordano se producen las mayores precipitaciones y dentro de estas áreas las lluvias tienden a ser más copiosas al norte. Entonces, Alta Galilea tiene un promedio de 1000 milímetros de lluvia anuales, la comarca montañosa de efraimita (Samaria) unos 750, Jerusalén 600 y Hebrón 550; mientras que Beerseba en el Neguev solo recibe 220 milímetros anuales.

IV. Vida diaria en Palestina

En la antigüedad, Palestina era principalmente un país agrícola. Como la costa no contaba con puertos adecuados, excepto por Aco, no había mucho comercio marítimo. En la actualidad resulta difícil imaginar cómo era la vida en Palestina durante los tiempos de Cristo, pero la investigación arqueológica resulta especialmente útil para lograrlo. Los restos encontrados, como viviendas, edificios oficiales, herramientas, armas, vasijas y monedas nos ayudan a comprender mejor los hábitos diarios de la región.

A. La sociedad agrícola

El ritmo y la rutina de la vida en la Palestina pre industrial dependían completamente de los patrones climáticos y agrícolas que regían la tierra. Las tareas agrícolas predominantes consistían en el arado y la siembra en otoño, la poda en invierno, la cosecha en primavera, la trilla a principios del verano y la recolección a fines de esa estación. Las tareas pastorales se llevaban a cabo en el contexto de este mismo ritmo de vida más amplio. Durante los meses lluviosos, mientras crecían las cosechas, las áreas sin cultivar proveían pasturas; en el verano, las tierras recién cosechadas se usaban para pastoreo y los residuos de los cultivos, después de la cosecha, servían como forraje.

B. Alimentación.

Como no había métodos de refrigeración, la ingesta de alimentos frescos era estacional. Cuando las frutas y los vegetales maduraban eran consumidos antes de que se echaran a perder. Algunos se podían curar y conservar de diversas formas: las uvas se transformaban en pasas y en vino; los higos se secaban; las aceitunas se conservaban en vinagre o se usaban para hacer aceite; los porotos y las lentejas se secaban; y los granos de cereales simplemente se protegían de la humedad. La alimentación era básicamente vegetariana y se consumía carne solamente en ocasiones especiales.

C. Pueblos y aldeas

Las familias agrícolas vivían en pequeños pueblos o aldeas abiertas pero no en viviendas en las tierras que cultivaban. Caminaban hasta el campo temprano a la mañana y volvían a la noche, excepto quizás durante la cosecha que se quedaban en cobertizos. En los pueblos rodeados de murallas, las viviendas estaban bien pegadas y el espacio escaseaba. El patio de la entrada principal de la ciudad permitía que las personas se reunieran y socializaran. Aquí se juzgaba, los vendedores vendían sus mercancías, se hacían los discursos, los ancianos filosofaban y se ponían al día con las noticias, se podía encontrar compañía y se podía ver a los vecinos ir y venir.

D. La vida familiar

Se consideraba una bendición tener una familia grande porque brindaba mano de obra, seguridad social para el futuro de una persona y la continuidad del nombre familiar. Se calcula que el índice de mortalidad infantil podría haber llegado al cuarenta por ciento y hasta un treinta por ciento de la población femenina moría en el parto. Los ancianos y los enfermos estaban a cargo de la familia. Ser huérfano o viuda sin familiares significaba estar en la miseria. Los oficios y las habilidades especiales tendían a ser transmitidas de padres a hijos. La falta de innovaciones tecnológicas importantes implicaba que las capacidades de una generación diferían muy poco de las de los predecesores.

V. Contexto político

El Imperio Romano fue la culminación de un extenso y complejo proceso de desarrollos políticos, militares, culturales y sociales y le imprimió una importancia duradera a la historia romana. Roma no impuso un procedimiento gubernamental uniforme sobre los territorios conquistados. Todas las áreas estaban sujetas naturalmente al emperador y a los ejércitos romanos, pero a muchas localidades se les permitía gobernar sus propios asuntos mientras no violaran la soberanía de Roma o sus directivas (Hch. 19:35-41).

Las áreas sometidas normalmente se organizaban como provincias. En el Nuevo Testamento se mencionan al menos quince, como por ejemplo, Cilicia (Hch. 6:9) y Judea (Gá. 1:22). Las provincias tenían dos tipos diferentes de organización política. Los procónsules (Hch. 13:7; 18:12), que dependían del senado romano, gobernaban las áreas cuyos habitantes se sometían a la ley romana. Las provincias que se consideraban problemáticas y con posibles focos de rebelión (por ejemplo, Judea) eran administradas por gobernadores llamados procuradores, propretores o prefectos. Los procónsules obtenían y mantenían sus cargos por nombramiento y renovación anual; a los procuradores los elegía directamente el emperador y conservaban su cargo mientras el emperador así lo quisiera.

VI. Emperadores romanos del Nuevo Testamento

El Imperio Romano fue la solución a 700 años de luchas de varias clases sociales y conflictos de diversos sistemas políticos. Durante ese período, el Imperio Romano, con sus vastos dominios, debido a causas internas y externas se fue perfilando hacia un gobierno unipersonal. César fue el título con que se designó a los emperadores romanos después de Julio César.

A. Augusto (Octavio; 27 a.C. – 14 d.C.)

La batalla entre Octavio y Antonio con Cleopatra en Egipto, llamada batalla de Actio, el 2 de septiembre de 31 a.C., decidió el destino de la antigua república romana. El estado estaba hundido en el agotamiento por las prolongadas y sangrientas luchas civiles. Octavio se dio cuenta de que el poder supremo era la única solución posible para superar la crisis. Cuando volvió a Roma comenzó a hacer lo que Julio César había hecho antes: unió los reinos del gobierno bajo su propia mano. Lo logró con precaución y astucia, y se convirtió en el fundador del Imperio Romano, que formalmente comenzó el 16 de enero del año 27 a.C.

El senado romano también le confirió el título de Augusto, que implicaba divinidad, aunque no se la adjudicó para sí mismo. La genialidad del reinado de Augusto consistió en que él actuó como un monarca constitucional y a la vez mantuvo las características externas de una república. Además, el mecanismo de gobierno estaba tan bien pensado que, después de su muerte, pasó sin problemas a su sucesor y siguió funcionando y manteniendo la paz interna, en gran parte, durante otros dos siglos.

B. Tiberio (14-37 d.C.)

Augusto eligió como sucesor a Tiberio (nacido en el 42 a.C.), hijo del matrimonio anterior de su esposa Livia. Para las personas de las provincias, el reinado de Tiberio fue pacífico y ordenado. Los gobernadores se comportaban y no hubo guerras destructivas o caras. Sin embargo, a nivel nacional, la concentración del poder en una persona aumentó la amenaza de conductas indebidas por parte de subordinados ambiciosos como Sejano, el prefecto de la guardia pretoriana. Como consecuencia, aunque Tiberio no era un tirano, su reinado a veces se convirtió en una tiranía de las peores.

Con el tiempo, Tiberio comenzó a creer en las acusaciones de que Sejano quería convertirse en emperador y lo denunció. El emperador murió en marzo del año 37 y lo sucedió Calígula, hijo de su sobrino Germánico. En general, el reinado de Tiberio se caracterizó por la moderación, la economía fiscal y una administración en manos de personas capaces.

C. Calígula (37–41 d.C.)

El reinado de Calígula fue demasiado corto y los relatos antiguos existentes demasiado sensacionalistas como para analizar seriamente sus políticas. Hijo del popular Germánico, pasó gran parte de su juventud viviendo en campos militares, donde recibió el apodo de Calígula («botitas»). Durante su imperio, anexó Mauritania y la dividió en dos provincias; Herodes Agripa fue nombrado en el reino de Palestina; y en Alejandría se produjeron graves disturbios entre griegos y judíos. Calígula fue al norte y descubrió allí el germen de una conspiración por parte del gobernador de las legiones de Germania Superior, Léntulo Getúlico. Los eventos posteriores están envueltos en un halo de incertidumbre, pero se sabe que Getúlico y M. Emilio Lépido, cuñado de Calígula, fueron ejecutados y las dos hermanas del emperador que quedaron vivas y participaron en la conspiración, fueron desterradas. El interés de Calígula de atribuirse honores divinos a sí mismo y a su hermana favorita, (que murió repentinamente en el 38 d.C., y fue deificada) generalmente se muestran como una clara muestra de su locura. Pero simplemente podría haberse tratado de su tendencia poco diplomática a superar los límites del culto imperial ya establecido por Augusto.

El exceso de Calígula en esta área se evidencia en su orden de que se erigiera una estatua de sí mismo en el templo de Jerusalén. Solo las tácticas dilatorias del gobernador de Siria, P. Petronio y la intervención de Herodes Agripa evitaron disturbios y posibles levantamientos en Palestina. En enero del 41 Calígula fue asesinado por miembros de su propia guardia pretoriana cuando iba a almorzar después del teatro.

D. Claudio (41-54 d.C.)

Claudio era el candidato menos factible de ser emperador. Era tío de Calígula y tanto Augusto como Tiberio lo habían mantenido deliberadamente al margen de los cargos y los asuntos públicos. En el área en la que fue el más poderoso y a la vez el más polémico fue en el desarrollo de la estructura administrativa. El motivo parece principalmente haber sido su preocupación por la eficiencia, pero como resultado se avanzó bastante hacia la centralización y a la vez comenzó la gesta de una futura burocracia. A Claudio se le atribuyen las primeras órdenes irrevocables (mandatos) de emperador a gobernador. En la organización de las provincias, Claudio parece haber preferido la administración directa en lugar de nombrar reyes que pudiera manejar como títeres.

Bajo su reinado se anexaron las provincias de Mauritania, Licia, Nórico y Tracia. Los reinos estables como Bósforo y Cilicia no se modificaron. Cuando Claudio murió repentinamente en el 54, se divulgó la historia de que su segunda esposa, su sobrina Agripina, le había dado de comer hongos venenosos. Nerón, hijo de Agripina, se convirtió en el siguiente emperador en lugar de Británico, hijo de Claudio.

E. Nerón (54-68 d.C.)

Nerón, último emperador de la dinastía Julio-Claudia, tuvo que lidiar con la difícil situación de ser autoridad absoluta siendo muy joven, unido con los esfuerzos contradictorios de quienes estaban en posición de manipularlo. El reinado de Nerón no estuvo exento de operaciones militares (por ejemplo, las campañas de Corbulo contra los partos o la represión de la sublevación de Boudica de Britania) pero su desinterés por el ejército fue un grave error.

También se lo acusó de haber provocado el gran incendio de Roma en el verano del 64, aunque probablemente haya sido una calumnia a causa de su evidente entusiasmo por reconstruir la ciudad según sus propios planes. Las sospechas que lo rodearon luego de que volviera a introducir los juicios por traición y que surgieran varias conspiraciones, reales o imaginarias, prepararon el escenario para una serie de problemas civiles. El senado lo declaró enemigo y se suicidó en junio del 68, a los 30 años.

VII. Reyes del Nuevo Testamento

Los reyes constituían la máxima autoridad local en los territorios del Imperio Romano, sujetos a la autoridad central del emperador de Roma. El cargo era aprobado por el senado romano. Durante los tiempos neotestamentarios, Palestina, completa o en parte, fue gobernada por reyes de la dinastía herodiana (sin embargo, técnicamente solo el emperador era rey).

A. Herodes el Grande (37– 4 a.C.)

Herodes el Grande era hijo Antípatro, idumeo, y de Cypros, descendiente de la realeza árabe. En el año 47 a.C., Julio Cesar nombró a Antípatro procurador de Judea y este dividió los territorios entre sus cuatro hijos. Galilea estaba entre los dominios que le tocaron a Herodes, que luego fue nombrado tetrarca de Judea por Marco Antonio (40 a.C.) y rey de Judea por el senado Romano. Alarmado por las noticias de que había nacido un «rey de los judíos», envió a sus soldados para «matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de dos años para abajo» (Mt. 2:16).

Herodes era amante del esplendor y gastó grandes sumas de dinero para reconstruir y adornar las ciudades de su imperio. Reconstruyó la ciudad de Cesarea en la costa y Samaria, que llamó Sebaste, traducción al griego de Augusto. También restauró las ruinas del templo de Jerusalén, una obra que comenzó en el 20 a.C., pero que finalizó después de su muerte.

B. Herodes Antipas (4 a.C. – 39 d.C.)

Herodes Antipas era hijo de Herodes el Grande y su mujer Malthace, de origen samaritano. Fue tetrarca de Galilea y Perea los primeros años de la vida de Jesús (Lc. 23:7). Hizo decapitar a Juan el Bautista por incitación de Herodías, esposa de su medio hermano Herodes Filipo, con quien se había casado (Mt.14:1-12). Pilato le envió a Cristo cuando estuvo en Jerusalén para la celebración de la Pascua (Lc. 23:7).

C. Arquelao (4 a.C.– 6 d.C.)

Arquelao también era hijo de Herodes el Grande y Malthace. Fue educado junto con su hermano Antipas en Roma. Heredó de su padre una tercera parte del reino: Idumea, Judea y Samaria y por eso se lo llama rey (Mt. 2:22). Por miedo a él, José y María se desviaron cuando regresaban de Egipto y no se asentaron en Belén como aparentemente tenían pensado.

D. Herodes Felipe II (4 a.C.–34 d.C.)

Herodes Felipe II era hijo de Herodes el Grande y Cleopatra de Jerusalén. Como tetrarca de Batanea, Iturea, Traconite y Auranítida (Lc. 3:1), reconstruyó la ciudad de Cesarea de Filipo (Mt. 16:13; Mr. 8:27), poniéndole su propio nombre para diferenciarla de Cesarea de la costa, que era asiento del gobierno romano. Se casó con Salomé, hija de Herodías.

E. Herodes Agripa I (37–44)

Herodes Agripa era hijo de Aristóbulo (hijo de Herodes el Grande) y Berenice. Fue educado en Roma y vivió allí muchos años. Mientras estuvo allí se hizo amigo de Calígula, quien le traspasó la tetrarquía de Felipe, otorgándole el título de «rey». Pronto consiguió dominar también el territorio de Herodes Antipas, y al final llegó a poseer todo el reino de su abuelo, Herodes el Grande. Según Hechos 12:1-19 hizo matar a Jacobo, hermano de Juan y arrestó a Pedro. Después de la muerte de Agripa, el reino quedó bajo el control del prefecto de Siria y Palestina se incorporó completamente al imperio.

F. Herodes Agripa II (53-70)

Herodes Agripa II era hijo de Herodes Agripa I y Cypros. Solo tenía 17 años cuando su padre murió en 44 d.C. Como había sido educado en Roma, Claudio lo conocía bien, pero no fue sino hasta la muerte de Herodes de Calcis en 48 d.C. que Claudio traspasó el reinado a Agripa II (Hch. 25:13; 26:2) Entre sus privilegios estaba el poder de nombrar al sumo sacerdote y tenía autoridad sobre el templo aunque no reinaba sobre ningún territorio judío. En el 53, Claudio le concedió otros territorios al rey judío, que pertenecieron a su tío abuelo Felipe (Traconite, Batanea y Gaulanite), además de Abilene, el antiguo reino de Lisanias y la antigua tetrarquía de Varus, pero a cambio tuvo que entregar Calcis. Cuando asumió Nerón, el emperador le dio a Agripa las ciudades galileas de Tiberias y Tarquis junto con Julias de Perea. Él y su hermana Berenice presenciaron la defensa de Pablo en Cesarea (Hch. 25:12-27).

VIII. Procuradores del Nuevo Testamento

Los prefectos (gobernadores) gobernaban determinados territorios, eran nombrados por el emperador y respondían directamente ante él. Gran parte de su trabajo tenía que ver con las finanzas, como por ejemplo los impuestos. También tenían autoridad judicial suprema, como la que usó Pilato con Jesús. La residencia oficial de los procuradores judíos estaba en Cesarea Marítima. El área de responsabilidad generalmente era cualquier sector que no estuviera gobernado por un rey contemporáneo. Por ejemplo, Herodes Antipas era tetrarca de Galilea, mientras que Pilato era gobernador de Judea, Samaria e Idumea. La mayoría de las alusiones a procuradores en el Nuevo Testamento se refieren a Pilato, Felix y Festo.

A. Poncio Pilato (26–36)

Poncio Pilato gobernó durante el ministerio de Juan el Bautista y Jesucristo. Fue enviado en el 26 cuando Sejano, asesor de Tiberio y anti judío militante, estaba en el apogeo de su poder. Parece que, sin querer o adrede, a menudo hacía enojar a los judíos con sus actividades blasfemas. Llevó a la ciudad de Jerusalén estandartes romanos con imágenes, colocó escudos votivos en el antiguo palacio de Herodes y obligó a los sacerdotes a contribuir con el dinero del sagrado corban, los fondos en fideicomiso que pertenecían al templo, para construir el acueducto de Jerusalén. En el 36 d.C., Vitelio, gobernador de Siria, levantó cargos graves contra Pilato por la crueldad contra un gran grupo de samaritanos en el monte Gerizim y fue desterrado a Viena, en las Galias, donde, según la tradición se suicidó.

B. M. Antonio Felix (52-59?)

El sumo sacerdote Jonatan, de embajada en Roma, solicitó que el influyente liberto M. Antonio Felix fuera procurador. Felix, que anteriormente había estado casado con la nieta de Marco Antonio y Cleopatra, trató de consolidar su poder en Judea casándose con la joven hija de Agripa I, aunque ella ya era la esposa del rey de Emesa. Sin embargo su administración no fue exitosa. Su reinado estuvo marcado por las luchas de rebeldes religiosos que llevaron a las multitudes al desierto prometiéndoles «maravillas y señales» o «señales de libertad». Un profeta de Egipto llevó a una multitud al monte de los Olivos cerca de Jerusalén, prometiéndoles que bajo su mando caerían los muros de la ciudad y podrían entrar. Felix les envió la caballería y la infantería que asesinó a 400 hombres y capturó a 200.

Por eso un tribuno romano, que luego arrestó al apóstol Pablo, supuso que podría haber apresado al «… egipcio que hace tiempo levantó una revuelta, y sacó los cuatro mil hombres de los asesinos al desierto» (Hch. 21:38).

C. Porcio Festo (59?–62)

El sucesor de Felix, Porcio Festo, también intentó resolver la mayor amenaza al orden romano: los numerosos grupos de forajidos y los sicarios. La caballería y la infantería una vez más arremetieron contra estos alborotadores, capturaron y asesinaron a varios, aunque es difícil decir hasta qué punto fueron capaces de limpiar la ciudad de la amenaza. Fue Festo el que envió a Pablo a Roma porque era ciudadano romano (Hch. 25:12). Fue el único procurador judío que, según se sepa, murió en su cargo.

IX. Contexto religioso gentil

A. Dioses grecorromanos

Desde tiempos muy antiguos los romanos tomaron de los griegos muchos de los mitos y las ideas sobre sus dioses, de modo que es difícil hablar de la religión «romana» como un fenómeno independiente. La religión de los romanos esencialmente era el resultado de la fusión de elementos primitivos latinos y griegos. La característica principal era la creencia de que todos los procesos importantes del mundo tenían un origen divino y por otro lado, que diferentes dioses estaban a cargo de funciones específicas y determinadas esferas de actividad. De esta manera, muchas de las cosas vitales para el bienestar de la sociedad se consideraban funciones de un dios o actividades de los dioses.

Además, muchos objetos naturales por sí mismos provocaban el tipo de admiración que llevaba a las personas a pensar que eran sobrenaturales. En el clima caluroso y soleado de Italia, una fuente de agua dulce o un pequeño bosque de árboles inspiraban gratitud y respeto. Los romanos pensaban que eran lugares sagrados donde moraba algún espíritu. En un famoso pasaje de Fastos (III, 296-6), Ovidio escribe: «Había un bosque al pie del Aventino, oscuro por la sombra de los robles, y al verlo habrías dicho: “allí vive una deidad”» (N. del T.: Traducción libre).

La religión romana giraba en torno al éxito, no al pecado. Cicerón comenta: «Júpiter es el mejor y el más grande» (N. del T.: On the Nature of the Gods III, 87) «porque no nos hace justos, sobrios o sabios sino saludables, ricos y prósperos». El objetivo de la vida era la felicidad y dependía del resultado positivo de todas actividades diarias de un individuo; de su vida privada, del comercio o la agricultura y en una esfera más amplia de los asuntos nacionales; no era una consecuencia de la condición moral. El objetivo de la religión era descubrir el procedimiento correcto para garantizar la buena voluntad de los dioses a fin de lograr el éxito en estas actividades.

B. La adoración al emperador

Augusto trató de renovar el culto romano. Intentó imponer una religión imperial y popular similar a la que había prevalecido mucho tiempo en oriente, donde a menudo los súbditos pensaban que sus reyes eran dioses. Cuando Augusto trajo la paz al mundo, oriente estaba listo para aclamarlo como un dios. Esto evolucionó en el culto al emperador reinante y a Roma personificada. Esta adoración puede haber aportado cierta unidad religiosa aparente para el imperio y magnificaba al emperador, pero se convirtió en un arma mortal de persecución cuando los cristianos se negaron a adorar a la suma autoridad y fueron considerados traidores. Al final el culto al emperador se extinguió. En los siglos IV y V, el culto oriental se convirtió en supremo y pronto la religión del imperio se volvió universal y sincrética, de acuerdo con el espíritu de la nueva era.

C. El ocultismo

Los últimos tiempos de la república romana y el imperio romano se caracterizaron por una creencia generalizada, casi universal, en la influencia del sol, la luna, los planetas y las estrellas sobre los eventos de la tierra. En el siglo II d.C., la astrología se había extendido desde Babilonia y Egipto hasta Italia, y pronto ganó el control de las mentes desprevenidas. La mayoría de las personas, entre ellas los emperadores, creían firmemente que los astrólogos podían predecir el futuro a partir del estudio de la estrellas y le prestaban mucha atención a los horóscopos. R. M. Ogilvie explica: «Descubrir lo que las estrellas atesoraban era simplemente descubrir la voluntad de los dioses» (N. del T.: Traducción libre, The Romans and Their Gods in the Age of Augustus, p. 55).

Al mismo tiempo prosperó la creencia en la magia. El Nuevo Testamento contiene algunos ejemplos, como Simón el mago samaritano (Hch. 8:9-11) y los libros de magia que se quemaron en Éfeso, cuyo valor ascendía a 50.000 dracmas (Hch. 19:19). Muchos papiros mágicos que todavía subsisten, reflejan el uso de sílabas sin sentido (por ejemplo: «abracadabra») y palabras tomadas de fuentes judías y cristianas para lograr la voluntad de los magos con la ayuda demoníaca. Gran parte de la magia era en contra de otras personas, como vemos en las maldiciones que se conservan en la piedra o el metal. Las excavaciones en Italia desenterraron cientos de amuletos astrológicos, fetiches y cosas semejantes.

D. La especulación filosófica

Muchos intelectuales paganos estaban completamente desencantados con su herencia religiosa e incursionaron en la especulación filosófica. Pablo se los encontró en el Areópago en Atenas. Lucas explica: «Pues todos los atenienses y los extranjeros de visita allí, no pasaban el tiempo en otra cosa sino en decir o en oír algo nuevo» (Hch. 17:21). Estas filosofías efectivamente influenciaron parte del pensamiento cristiano y algunos convertidos incorporaron a su nueva fe conceptos mentales erróneos provenientes de estas ideas paganas. Los falsos maestros habían mezclado conceptos escriturales malinterpretados con la filosofía griega y llevaron sus mensajes intelectuales a las iglesias. Varias epístolas se redactaron para advertir a los creyentes sobre los errores de este sincretismo; por ejemplo, Colosenses, 1 Juan y Judas.

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