Conferencia

I. Los juicios de las trompetas (8:6-11:19)

La segunda serie de juicios que forman la sección intermedia más importante del libro de Apocalipsis es la de los siete juicios de las trompetas: 8:6-11:19. Ahora estamos listos para describir la Gran Tribulación propiamente dicha, el período de fines de la historia humana en el que la rivalidad entre las fuerzas del bien y del mal parece alcanzar el punto culminante.

A. De la primera a la cuarta trompeta

Como sucedió con los primeros cuatro sellos, los primeros cuatro juicios de las trompetas son muy parecidos entre sí, evocando muchas de las plagas contra Faraón y los egipcios en los días de Moisés. Curiosamente, en varias ocasiones se dice que los juicios afectan a un tercio de la tierra. ¿Qué representa este número? Al menos, pareciera importante que sea menos de la mitad. La mayor parte del mundo sigue intacta, incluso en el comienzo de la Gran Tribulación. Las cosas van a empeorar antes de que termine, pero durante este período incluso estos juicios que parecen sucederse a una escala mucho mayor, más formidable y terrible de lo que jamás haya vivido la humanidad, están pensados para llevar a las personas al arrepentimiento. Los versículos 20 y 21 del capítulo 9 dejan en claro este intento cuando, de manera indirecta, Juan se lamenta porque a pesar de estos juicios la gente no se arrepintió. Sin embargo, la idea principal de este pasaje es que hasta en este período tardío de la historia humana, los juicios divinos no son meramente punitivos, sino que tienen un propósito rehabilitador con la esperanza de que las personas se arrepientan y no se pierdan.

B. La quinta y la sexta trompeta

Los juicios de la quinta y la sexta trompeta, como en la secuencia anterior de los sellos, tienen una naturaleza diferente de los primeros cuatro, y están descriptos, en este caso, en términos explícitamente demoníacos. Se habla de ejércitos de langostas, que nos recuerdan la experiencia y las profecías de Joel, pero claramente se dice que provienen del abismo. Una de las ironías de algunos enfoques modernos del libro de Apocalipsis es que sin darse cuenta anulan este elemento sobrenatural y diabólico de las Escrituras al tratar de relacionar las batallas de estos animales con un enfrentamiento armado meramente humano. Pero pareciera que lo que describe el capítulo 9 es una batalla espiritual.

C. El segundo interludio

El pasaje de 10:1-11 forma la primera parte de otro interludio previo a la séptima trompeta. Aquí la visión de Juan se asemeja mucho a la experiencia del profeta Ezequiel. Él también recibió la orden de comer un pequeño rollo que tendría sabor amargo y a la vez dulce. De la misma manera, a Juan y a sus lectores se les recuerda que los sucesos del período de la Tribulación conjugan elementos tanto amargos como dulces. Para el pueblo de Dios, al llegar al umbral de la reivindicación, tendrá un sabor muy dulce. Pero a los que serán juzgados les dejará un gusto muy amargo. Pero ni siquiera los hijos de Dios, que han sido sellados y están protegidos de estos juicios descriptos con expresiones como «la ira de Dios», estarán exentos de la persecución por parte de los no creyentes y del enemigo.

D. Los dos testigos

El capítulo 11 contiene, para algunos lectores, la visión más difícil y compleja de todo el libro de Apocalipsis. Gira en torno al ministerio de dos testigos, dos individuos que, en la visión de Juan, se describen con términos que evocan a Moisés y Elías, profetas de la época del Antiguo Testamento. Pero si aceptamos el hecho de que una gran cantidad de hijos de Dios va a vivir durante la Tribulación, un hecho que todos los intérpretes aceptan (la única diferencia es si se tratará de toda la iglesia o un pequeño grupo de creyentes), parece más probable que en lugar de dos individuos los dos testigos del capítulo 11 intenten reflejar la comunidad de hijos de Dios que hasta en estos tiempos espantosos serán sus testigos. Tal como ha sucedido en diversos períodos y lugares durante la historia de la iglesia, cuando aumenta la persecución, también aumenta la audacia para dar testimonio. Fue Tertuliano, padre de la iglesia primitiva, quien dijo la famosa frase: «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos».

El capítulo 11 también nos presenta la primera de varias referencias, en los próximos capítulos, que identifican la Tribulación con un período relacionado con el número tres y medio. Las diferentes descripciones (cuarenta y dos meses; mil doscientos sesenta días; y un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo, etc.) se refieren a un lapso de tres años y medio. Algunos comentaristas, agrupando varias menciones de esta cifra, infieren que la Tribulación dura siete años. Pero resulta interesante destacar que el libro nunca realiza esa suma y, en realidad, el único lugar donde se mencionan los tres años y medio, en el capítulo 12, está dentro del claro contexto de un flash-back de la primera venida de Cristo: el niño varón que la mujer da a luz, a quien el dragón Satanás se prepara para devorar, pero que recibe protección y es arrebatado para el trono de Dios. Esto evidentemente se refiere a Jesús, su nacimiento, su resurrección y ulterior ascensión.

En consecuencia no resulta del todo claro si estos períodos de tres años y medio deben tomarse en forma secuencial, y como el Apocalipsis nunca suma siete, debemos tener cuidado al hacerlo nosotros. Por otro lado, si interpretamos el simbolismo de siete como el número de la completitud (retrotrayéndonos a los siete días de la creación) y usado de esa manera en todas las Escrituras, parece mucho más natural pensar que la Gran Tribulación dura tres años y medio, es decir, un período incompleto que no constituye la palabra final de Dios acerca de la historia humana. En realidad, ni el periodo de tres años y medio ni el de siete deben tomarse literalmente sino que deben abordarse desde una perspectiva simbólica o teológica. Sea cual fuere el tiempo que dure la Gran Tribulación, nunca se menciona explícitamente. Al final del capítulo 11 llegamos al toque de la séptima trompeta. Pero como sucedió con el séptimo sello, no tiene lugar ningún juicio independiente; solo se adora a Dios en el cielo y se repiten lo que podríamos llamar efectos sonoros cósmicos.

II. El tercer interludio (12:1-13:18)

Antes de proceder al último septeto de juicios, nos encontramos con otro, y por cierto el más extenso, de los interludios de Juan (capítulos 12, 13 y 14).

A. La trinidad profana

Aquí se nos muestra lo que se ha denominado trinidad satánica; un burdo trío de personajes que parodian las funciones del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El pasaje de 12:1-17 nos cuenta de la primera persona de esta trinidad; un dragón que explícitamente está asociado con Satanás en el versículo 9. Se cuenta que persigue y asedia a Jesús y al hijo de la mujer que dio a luz al Señor, lo que probablemente aluda a la iglesia, o sea las comunidades de seguidores. Sin embargo, el pueblo de Dios tiene protección y es arrebatado de lo peor de la persecución satánica. Aunque los creyentes estén completamente protegidos de la ira divina durante este tiempo, se nos vuelve a recordar que no están totalmente exentos de la persecución o el sufrimiento, incluso el martirio algunas veces, causado por el maligno.

B. Las dos bestias

El fragmento de 13:1-10 nos habla de las dos primeras bestias, una de las cuales proviene del mar. Se describe con términos y simbolismos muy similares a los que se usan con el dragón, lo que nos recuerda que en la Trinidad Santa, Cristo es la imagen exacta del Padre. Y en la parodia de Jesús, el Hijo, la segunda persona de la Trinidad, este segundo integrante de la trinidad profana parece haber tenido una herida de muerte que sanó, lo que sería una imitación de la crucifixión y resurrección; aunque debemos resaltar que Juan aclara que simplemente se trata de una apariencia. No dice que el demonio imitó satisfactoriamente la muerte y la resurrección de Cristo. Este personaje es el que, para muchos cristianos, encarnaría al Anticristo; el individuo que mencionamos en nuestro estudio de las enseñanzas de Pablo, especialmente en las epístolas a los Tesalonicenses, que en la literatura judía es el consabido archienemigo del pueblo de Dios y que se levantará en los últimos días. Pero curiosamente el término «Anticristo» no aparece en ningún lugar del libro de Apocalipsis. En realidad, el único lugar donde lo vemos en la Escritura es en las epístolas de Juan, donde se dice que en los días del apóstol los falsos maestros son anticristos (en minúscula y en plural), como si constituyeran precursores de un Anticristo mayor y universal que todavía debe venir.

El tercer integrante de esta presunta trinidad satánica aparece de 13:11 en adelante, y se lo describe como una bestia de la tierra. Es una parodia del Espíritu Santo. Tiene autoridad profética y sacerdotal para hacer que los no creyentes adoren a la primera bestia, usando señales milagrosas para tratar de tentarlos a seguir los deseos del diablo y no los de Cristo. Es en este contexto, casi al final del capítulo 13, donde también aparece la enigmática «marca de la bestia», sin la que los creyentes no pueden comprar ni vender en el mercado mundial de los últimos tiempos. Aquí se vuelve a usar lenguaje e imágenes que deben haber sido bastante comunes a finales del primer siglo, y especialmente durante la persecución de Domiciano, cuando se tenía que hacer una promesa o un juramento de que Domiciano César era el Señor, a menudo para tener algún puesto público. Las agrupaciones comerciales, especialmente en el Asia Menor, muchas veces añadían esta dimensión religiosa también a sus prácticas, y si los cristianos no participaban de este rito les resultaba muy difícil comprar o vender.

¿Por qué el número 666? Algunos creen que es un ejemplo de un método judío conocido como «gematría», que consiste en asignar un valor numérico a las letras hebreas. Si se deletreaba el nombre Nerón César, al menos con una de las posibles grafías en hebreo, el valor numérico de las letras sumaba 666. Dado que a fines del primer siglo en los círculos romanos circulaba el mito o la historia de que Nerón nunca había muerto, y que algún día volvería de donde estuviera escondido y reclamaría el trono, esta interpretación sería una posibilidad. Pero también podría ser que, al igual que muchos otros números de la literatura apocalíptica en sentido más general y del libro de Apocalipsis específicamente, el número 666 sea importante porque contiene tres dígitos, igual que los integrantes de la Trinidad santa y la trinidad profana, y que cada número seis sea lo más cerca de siete. Entonces, el número perfecto o santo apropiado para la Trinidad sería setecientos setenta y siete, como en realidad se reconoció posteriormente en los escritos cristianos. Seiscientos sesenta y seis sería una parodia apropiada del número de la Trinidad, por parte de alguien que trata de imitar pero no puede igualar al Dios vivo y verdadero. Si esta interpretación es correcta, no hay manera de que podamos interpretar que los sucesos actuales de alguna forma muestran por anticipado quién será el Anticristo.

III. La victoria y las copas del juicio (14:1-16:21)

Sin embargo, a pesar de los terribles castigos causados por esta ridícula trinidad, el capítulo 14 describe la victoria del pueblo de Dios. Finalmente, cuando llegamos al capítulo 15 estamos listos para volver al final de la serie de 21 juicios de tres series de siete, que atraen tanta atención en los capítulos centrales del libro de Apocalipsis.

A. Las siete copas

Entonces, en 15:1-16:21 se describen las siete copas del juicio. La adoración celestial vuelve a acompañar el comienzo de las siete plagas. Las copas se asemejan mucho a los juicios de las siete trompetas, que a su vez, recordemos, son muy parecidas a las plagas contra los egipcios en días de Faraón. Pero esta vez no afectan solo a una parte; no se menciona que se produzcan sobre un tercio de la tierra. Este es un motivo que nos hace pensar que no es una simple recapitulación dentro de la fase de la Tribulación, sino una referencia a un lapso posterior y más intenso de ese período.

B. El Armagedón

Los capítulos 15 y 16 también nos presentan el famoso lugar en el que los ejércitos de la tierra se juntan para librar la gran batalla final, llamada Armagedón. El nombre proviene de dos palabras hebreas que se refieren al monte de Megido, ciudad sobre una colina que mira al valle de Jezreel, lugar donde se libraron muchas de las batallas del Antiguo Testamento y de ahí su notoriedad legendaria como emplazamiento bélico por excelencia. Repetimos que debemos interpretar lo que estos términos hubieran significado para los lectores del primer siglo.

En la actualidad cuando decimos que Napoleón enfrenta su batalla de Waterloo nos podemos estar refiriendo a la derrota final o decisiva en cualquier tipo de batalla, incluso a una batalla en sentido figurado, de cualquier persona que «enfrenta su Waterloo». Parece que en el primer siglo el término «Armagedón» tenía el mismo sentido, por eso no necesariamente debemos suponer que los ejércitos de la tierra literalmente se reunirán en el valle de Jezreel a la sombra del monte Megido para consumar este gran enfrentamiento final. En cambio, el vocablo simplemente se usa para dar la idea de un combate extraordinario y aterrador entre las fuerzas a favor y en contra de Dios. Curiosamente, en el único lugar de Apocalipsis donde aparece el Armagedón, no se describe la batalla real sino la preparación para ese combate. Volveremos a este tema un par de capítulos más adelante y resaltaremos algo muy interesante que muchas veces no se tiene en cuenta sobre esta lucha.

IV. La caída de Babilonia (17:1-18:24)

Pero antes de que lo hagamos debemos mencionar otro suceso cronológico secundario que se desprende de la secuencia se eventos de la Tribulación en los capítulos 17 y 18.

A. Descripción de Babilonia

Apocalipsis 17 describe la caída de este gran imperio maligno que caracteriza los últimos días; un imperio llamado «Babilonia» pero también denominado «la ciudad de las siete colinas», término muy conocido con el que se aludía a Roma en el primer siglo. Nuevamente debemos tener la precaución de no interpretar muy literalmente el lenguaje apocalíptico. Babilonia, como ya dijimos cuando hablamos de 1 Pedro, no era una ciudad, y mucho menos un imperio en los días de Juan. Obviamente sí lo era Roma, pero identificar el gran imperio maligno durante los tiempos finales tanto con Babilonia como con Roma, evidentemente tiene un sentido teológico y más que geográfico. Así como Babilonia era el opresor más temido durante el Antiguo Testamento, y Roma el más temido durante el Nuevo Testamento, en los últimos tiempos se levantará un gran imperio del mal con características similares, que, según describe Apocalipsis 17, mezcla una política y una religión impías.

La protagonista del capítulo 17 es una prostituta; una referencia a la infidelidad espiritual que en los tiempos de la antigüedad se relacionaba con el adulterio o la prostitución. Y esta ramera fornica con los reyes de la tierra. Evidentemente, este imperio de los últimos tiempos entremezcla elementos religiosos y políticos en una gran oposición profana a los hijos de Dios. Cuando nos damos cuenta de que los términos con que se describe este imperio no son más específicos, vemos que podría tratarse de cualquiera de los grandes poderes políticos de la historia humana que no se identifique como cristiano y se nos recuerda que el objetivo de Apocalipsis no es brindar demasiada información por anticipado que nos permita describir los sucesos específicos que se sucederan al final de la historia humana.

B. Lamentación sobre Babilonia

Pero el capítulo 18 continúa y describe un elemento adicional importante de este estado impío y lo hace mediante la forma literaria conocida como lamento; género muy conocido tanto por los Salmos como por la literatura profética del Antiguo Testamento. Resulta elocuente e instructivo destacar qué es lo que lamentan los que se alejan, por decirlo de algún modo, de la calamidad de los últimos tiempos y sobre qué reflexionan durante la destrucción de esta gran hegemonía maligna de la época del fin. En su mayor parte, lo que endechan es la pérdida de la gran riqueza del imperio.

Esto también encaja en el contexto de la Roma del primer siglo. Esta ciudad vivía de las exportaciones e importaciones de los pueblos y las naciones subyugadas. Y la lista de mercancías que ya no van a cargar los botes ni pasar por los canales comerciales que se mencionan en el capítulo 18 parece una lista del cargamento de los diferentes artículos de lujo que sacaban de los pueblos sometidos y, a través del Imperio Romano, beneficiaban a un puñado de líderes políticos inmensamente ricos de Roma; el emperador, su corte y su clientela. Pero la lista también incluye actividades ordinarias, como interpretar instrumentos musicales y casarse. También abarca el gran comercio de esclavos que el Imperio Romano defendía con vehemencia. Y si presuponemos que esta figura del lenguaje incluye a la vez elementos pasados y futuros, debemos añadir esta dimensión socioeconómica al imperio que se erguirá implacablemente en contra del pueblo de Dios en los últimos tiempos.

Quienes nos preguntamos si algunas manifestaciones de la vida del siglo XXI se relacionan de alguna manera con los sucesos de Apocalipsis, no debemos observar únicamente alguna maquinaria militar, ni debemos centrarnos necesariamente en un imperio basado en la Edad Media o que gira en torno a la Roma contemporánea, como han propuesto el Vaticano y quienes combatieron a la iglesia católica durante siglos, sino que deberíamos estar pensando en un imperio que domine el mundo en sentido socioeconómico; que oprima a las personas que apenas pueden sobrevivir, que apenas pueden ganar lo suficiente para vivir, en otras partes del mundo, para poder enviar cuantiosas exportaciones a los individuos inmensamente ricos de nuestro mundo contemporáneo. Es triste y trágico que las naciones de Europa occidental y los Estados Unidos, en su mayoría, y las corporaciones y hegemonías multinacionales del comercio que sofocan a nuestro mundo en la actualidad, y en muchas ocasiones a expensas de los habitantes del tercer mundo, sean las que más se ajusten a esta descripción.

No estamos diciendo que nos atrevemos a ser más explícitos apuntando a estos lugares como han sido otros en el pasado que se equivocaron al tratar identificar quién será. Pero nos induce a pensar que los que tenemos el grueso de la riqueza mundial podríamos estar más cerca de ese puesto, especialmente si no dejamos que nuestra profesión de fe cristiana transforme radicalmente nuestras actitudes hacia la riqueza. No queremos ser culpables de terminar siendo el imperio que estará en contra de Cristo.

V. Triunfo en el cielo y en la tierra (19:1-20:15)

Finalmente en el capítulo 19 nos encontramos con la imagen del triunfo celestial.

A. El regreso de Cristo

Después de una letanía de Aleluyas y un debate sobre la gran cena de la boda del Cordero, que equilibra e imita la gran cena de Dios, en la que las aves carroñeras tienen un festín con la carne de los generales de este horrendo imperio de los últimos tiempos, al menos tenemos una descripción del regreso de Cristo y la culminación de esa batalla con la que nos preparó el cuadro del capítulo 16 y la mención del Armagedón. Pero para nuestra sorpresa, en el capítulo 19 no se describe ninguna batalla. Antes de que las fuerzas del mal puedan asestar algún golpe o cobrarse alguna vida, vuelve Cristo cabalgando triunfante desde el cielo con fuerzas celestiales rodeándolo, para hacer desaparecer y destruir a todos sus enemigos.

Entonces, cada vez que comienza una guerra humana podemos estar seguros de que no se trata del Armagedón, a pesar de las especulaciones comunes de los cristianos que piensan lo contrario. En cambio, Cristo vuelve antes de que comience esta gran batalla mundial, termina la historia humana que conocemos y sus fuerzas quedan derrotadas. Los últimos versículos del capítulo 19 describen el destino los dos primeros integrantes de la trinidad profana: la primera y la segunda bestia.

B. Satanás es atado, liberado y echado al lago de fuego

Pero recién en 20:1-3 leemos que Satanás es atado. Desde un punto de vista literario sería natural que no viéramos ningún tipo de pausa cronológica entre el final del capítulo 19 y el comienzo del capítulo 20. Si esta interpretación es correcta, descarta la interpretación amileniarista, que Si nuestra interpretación es correcta, debemos considerar que todo el capítulo 20 se refiere a una nueva fase de la historia humana después del regreso de Cristo, una edad dorada en la que el demonio definitivamente está bajo control, al menos hasta los últimos momentos.

Luego se suelta al maligno y se le permite que haga el último intento de engañar a las naciones de la tierra (los que en este momento no son seguidores de Cristo); es la última oportunidad para que los habitantes de la tierra puedan elegir con libertad. Lamentablemente algunos elegirán rebelarse contra Dios y Cristo incluso después de que haya estado gobernando un mundo literal y físicamente perfecto. Sin embargo, esta batalla final vuelve a ser sofocada; el demonio y todos sus seguidores reciben su castigo; Satanás mismo es lanzado al lago de fuego donde será atormentado día y noche eternamente. El juicio del gran trono blanco completa el capítulo 20; se abren los libros de los vivos y los muertos y cada uno recibe su destino eterno: el cielo o el infierno. Los creyentes no deben temer este momento porque su salvación ya está asegurada.

VI. Cielo nuevo y tierra nueva (21:1-22:21)

Los capítulos 21 y 22 describen el cielo nuevo y la tierra nueva, que durarán por toda la eternidad, luego del milenio y el juicio del gran trono blanco. Es una hermosa descripción del paraíso que infunde esperanzas y aliento para cualquiera que lo lea. También es más terrenal de lo que pretenden varias concepciones cristianas populares. En lugar de un cielo etéreo poco realista, tenemos un cielo nuevo y una nueva tierra, y la descripción de una nueva ciudad; una Jerusalén proveniente del cielo, que constituye el corazón de la nueva tierra que disfrutarán los cristianos; esto nos recuerda que los creyentes de cualquier origen compartirán todas las bendiciones que originalmente eran para Israel.

También contrasta llamativamente con el jardín donde comenzaron nuestros primeros padres humanos. En lugar de vivir en la tranquilidad de la naturaleza, en todo su esplendor y majestuosidad, nos encontramos en una ciudad. Durante nuestra vida hemos relacionado las ciudades con lo peor de la naturaleza humana porque los seres caídos conviven muy cerca unos de otros. Pero esta ciudad está perfeccionada; fue recreada. No hay pecado, ni sufrimiento, ni lágrimas; pero se nos recuerda que los propósitos de Dios para su pueblo no son que ninguno de nosotros viva eternamente en un espléndido aislamiento sino en una comunidad redimida. En este cielo nuevo y esta tierra nueva no hay templo, porque Dios mismo y Cristo mediante su presencia cumplen todas las funciones que tenían los templos, y ya no hay vestigios ni necesidad de ningún sacrificio por el pecado.

Pero Apocalipsis termina, y en consecuencia todo el Nuevo Testamento y la Escritura, con una sorprendente advertencia contra añadir o quitar algo de este libro; un recordatorio y una advertencia sobre los que pasarán la eternidad en el infierno. No significa simplemente que algún día serán salvos; los que nunca aceptaron a Jesús como su Señor y Salvador, triste y trágicamente, sin importar cuántas oportunidades tuvieron, al final verán la confirmación en su elección de pasar una eternidad separados de Dios y todo lo bueno.

VII. Conclusión

Ahora que llegaste al final de toda esta serie, si nunca hiciste una decisión de fe en Cristo Jesús, deseamos que tomes en serio estas advertencias finales del último libro de la Biblia, lo aceptes en tu corazón y comiences a seguirlo en el camino del discipulado. Creemos que la mayoría de los estudiantes de estas lecciones ya tomaron esa decisión. Te alentamos a perseverar y tomar nota de los diferentes elementos que vimos en nuestro estudio del Nuevo Testamento que nos recuerdan que la vida cristiana puede ser una lucha y que tenemos que superar las dificultades. Además, el término clave que usa Apocalipsis para los creyentes es «vencedores» y aunque sabemos con certeza que los que están en Cristo vencerán, la única manera de saber quiénes son esas personas es observar en realidad quiénes perseveran hasta el final. Entonces, nunca podemos bajar la guardia sino que debemos continuar dependiendo del poder del Espíritu para llevarnos a ese día de gloria y perfección por venir.

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